El que ens passa és bo o dolent? Existeixen fets bons i fets dolents?


I quina millor manera d’explicar-ho sinó a través d’un conte que fa uns anys va arribar a les meves mans i que no he oblidat. He de dir que m’ha estat molt útil per revisar diferents situacions que m’han passat i també com afrontar-les.

Els fets que ens passen formen part d’un continu i en veritat són fets, bons o dolents, qui sap. Això si, sempre són una oportunitat.

Acceptar el que va venint i viure-ho sense posar-hi a sobre una valoració positiva o negativa és un gran i important aprenentatge.

Esperem que us agradi.

PUEDE SER, PUEDE SER….

En el lejano reino de Kariel vive Long Ching, un anciano de frágil cuerpecillo y larga barba blanca. Sus modales serenos y su palabra siempre cuidadosa y amable hacen de él un hombre respetado en toda la comarca. Las gentes afirman que Long Ching, en su juventud, fue iniciado en los misterios de la antigua sabiduría. Y en realidad, tanto sus vecinos como su hijo único, que vive con él, admiran su gran lucidez y templanza.

Aquel día los vecinos de Kariel se encontraban muy apenados. Durante la pasada tormenta, las yeguas de Long Ching habían salido de sus corrales escapando a las montañas, dejando el pobre anciano sin los medios habituales de subsistencia. Ante tal hecho, el pueblo sentía una gran consternación, por lo que sus habitantes no dejaban de desfilar por su honorable casa:

- ¡Qué desgracia! ¡Pobre Long Ching! – le decían sus vecinos – ¡Maldita tormenta cayó sobre tu casa! ¡Qué mala suerte ha pasado por tu vida! ¡Tu casa y tu hacienda están perdidas!

Long Ching, amable, sereno, atento, tan solo decía una y otra vez:

- Puede ser, puede ser…

Al poco, el invierno comenzó a asomar sus primeros vientos trayendo un fuerte frío a la región, y ¡oh, sorpresa!, sucedió que las yeguas de Long Ching retornaron al calor de sus antiguos establos, pero en esta ocasión lo hicieron preñadas y acompañadas de caballos salvajes encontrados en las montañas. Con su llegada, al ganado de Long Ching se vio incrementado de manera inesperada.

El pueblo, al enterarse de tal acontecimiento, sintió un gran regocijo por la buena suerte del anciano, de tal forma que, uno a uno, fueron desfilando por su casa para felicitarlo por tal bonanza.

- ¡Qué buena suerte tienen, anciano! ¡Benditas sean las yeguas que escaparon y más tarde aumentaron tu manada! ¡La vida es generosa contigo, Long Ching!

A lo que el sabio anciano tan solo contentaba una y otra vez:

- Puede ser, puede ser,….

Pasado un corto tiempo, los nuevos caballos fueron domesticados por el hijo de Long Ching, que desde el amanecer hasta la puesta del sol no dejaba de preparar a sus animales para las nuevas faenas. Podría decirse que la prosperidad y la alegría reinaban en aquella casa. Una mañana como otra cualquiera sucedió que uno de los caballos derribó al joven de Long Ching con tan mala fortuna que sus piernas y brazos, e incluso algunas costillas, se fracturaron en la tremenda caída. Como consecuencia, el único hijo del anciano quedó impedido durante un largo tiempo para la faena diaria.

El pueblo quedó consternado por la triste noticia, por lo que todos los vecinos fueron pasando por su casa, mientras decían al anciano:

- ¡Qué desgraciado debes sentirte Long Ching!- le decían apesumbrados- ¡Qué mala suerte, tu hijo único! ¡Malditos caballos, que han traído la desgracia a tu casa!

El anciano escuchaba serenamente y tan solo respondía una y otra vez:

- Puede ser, puede ser…

Con el tiempo, el verano caluroso fue pasando, y cuando se divisaban las primeras brisas de otoño, una fuerte tensión política con el país vecino estalló en un conflicto armado. La guerra había sido declarada en la nación y todos los jóvenes disponibles eran enrolados en aquella negra aventura.

Al poco de conocerse la noticia, se presentó en el poblado de Kariel, un grupo de emisarios gubernamentales con la misión de alistar para la batalla a todos los jóvenes disponibles de la comarca. Al llegar a casa de Long Ching y comprobar la lesión de su hijo, siguieron su camino y se olvidaron del muchacho, que tenía todos los síntomas de tardar en recuperarse una larga temporada.

Los vecinos de Kariel sintieron una gran alegría cuando supieron de la permanencia en el poblado del joven hijo de Long Ching. Así que de nuevo, uno a uno, fueron visitando al anciano para expresar la gran suerte que de nuevo al anciano con su ala tocaba.

- ¡Gran aventura ha llegado a tu vida, Long Ching! –le decían - ¡Bendita caída aquella, que conserva la vida de tu hijo y lo mantiene a tu lado durante la incertidumbre y la angustia de la guerra! ¡Gran destino el tuyo, que cuida de tu persona y de tu hacienda manteniendo al hijo en casa! ¡La buena suerte bendice tu morada!

El anciano, mirando con una lucecilla traviesa en sus pupilas, tan solo contestaba:

- Puede ser, puede ser….

Extracte del llibre Cuentos para aprender a aprender – José María Doria

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